O modorrento crepúsculo, que ensombrava o roçado de
subsistência que a mãe, com a ajuda de Marcelino e Balduíno, tocava na parte
mais plana do terreno, a oeste da casa, o encontrou nas botinas lustradas,
pronto para vadiar. A esmagar as sarças, que se enredavam pela vereda, foi
aparelhar o cavalo. A caminho do cercado apequenado, escutou, além das próprias
pisadas, os grasnados agourentos dum caburé desgarrado, um crocito tão rouco
que arrepiou o cabelo. Ao se juntarem na cabeça a lembrança do maracá da
cascavel com o lutuoso piado, ocorreu-lhe a ideia de mau agouro. Com o credo na
boca, benzeu-se três vezes e forçou o sentido noutra coisa, mas o pensamento
parecia agir ao revés do desejo."O íntimo ofício: memórias", título do livro de Z.A. Feitosa que inspirou este espaço. É preciso ler para entender!
Pessoas Deveras Importantes
segunda-feira, 31 de março de 2014
O maracá e o arrasta-pé
O modorrento crepúsculo, que ensombrava o roçado de
subsistência que a mãe, com a ajuda de Marcelino e Balduíno, tocava na parte
mais plana do terreno, a oeste da casa, o encontrou nas botinas lustradas,
pronto para vadiar. A esmagar as sarças, que se enredavam pela vereda, foi
aparelhar o cavalo. A caminho do cercado apequenado, escutou, além das próprias
pisadas, os grasnados agourentos dum caburé desgarrado, um crocito tão rouco
que arrepiou o cabelo. Ao se juntarem na cabeça a lembrança do maracá da
cascavel com o lutuoso piado, ocorreu-lhe a ideia de mau agouro. Com o credo na
boca, benzeu-se três vezes e forçou o sentido noutra coisa, mas o pensamento
parecia agir ao revés do desejo.quarta-feira, 5 de dezembro de 2012
Da canga ao cangaço: dias de serra e sertão
Etelvino, que não recebeu em vida nenhuma insígnia honorífica,
digna de nota, por sua vontade de luta, nem virou nome de praça ou placa de rua,
se tornou um destemido soldado das forças armadas, depois de passar vários anos
a serviço da violência do cangaço que reinava no semiárido cearense, vivendo em
fuga e dormindo no mato para escapar das balas certeiras da polícia.quarta-feira, 5 de maio de 2010
El desagravio

(in Mulher Macho, sim, senhor!, Ed. Cortez,
São Paulo, 1980 - Traduzido para o Castelhano
por R.C. Valenzuela)
¿Qué temía mi padre o de qué estaba él queriendo librar a su prole?
Procuré olvidar todo aquello, apelando para mi mundito de fantasías y escondiéndome en el mofumbal de mi imaginación.
Escogería mi propio destino y de este modo triunfaría sobre aquel padre prohibidor y violento. Ya había decidido. No me casaría, no tendría hijos tampoco. Estaba decidido. No me daría el derecho de parirlos. Sería un gran dolor, mas dejaría la oportunidad de mi sueño femenino. Sería indiferente a los gritos de mi cuerpo y me volvería monja o haría cualquier cosa, en tanto que yo me viese libre del convivio infernal de un macho bestializado que, sintiéndose mi dueño y señor, transformase mi vida en un purgatorio.
Yo no tendría el mismo destino de las mujeres que conocía. No iría a cuidar por toda la vida de un macho violento, a cambio de comida o de migajas de afecto. No sería como todas, el cuero para pisar tabaco de un macho tabaquista que sabía solamente preñarlas, zurrar a los hijos y culparlas por los desvíos de los hijos.
¿Qué sabe el hombre de ser madre?
Ningún hombre podrá tener la noción exacta de lo que es tener un hijo. Sólo quien pasa nueve meses con un embrión en la barriga puede establecer alguna relación con un ser y desarrollar la sensibilidad para cuidar de un hijo, disposición para amar y condolese por él, susceptibilidad para percibir las peculiaridades y reaccionar a ellas de manera adecuada.
Por ningún dinero del mundo, me sujetaría, como mi madre, a los caprichos de un macho. Y haría todo para no darme en alquiler o dejarme tomar en alquiler por cualquier hombre en la faz de la tierra a cambio de un poco de seguridad.
Trabajaría en cualquier cosa, mas no me transformaría en el tipo de meretriz que se tornó Luzinete. Satisfacía al macho en todo, por un plato de comida y por un techo. Sin contar que él la zurraba siempre que le daba la gana, alegando celos. ¿Celos? ¿De una mujer de vida galante como Luzinete? Una mujer gorda y fea, siempre sucia y mal vestida que no me parecía capaz de provocar deseos tan ardientes en los hombres, para que mereciese ser punida por el marido celoso. Los celos, para mí, eran una disculpa que él creaba para golpear en aquel saco de papas podrido amarrado por la cintura, en que se convirtió Luzinete después que se casó y paró el primer hijo. A mi parecer, Luzinete era, tan solamente, la persona sobre quien él hacía recaer sus fracasos o a quien eran imputados todos los reveses de su vida de hombre bien parecido, que se casó con la hija abandonada del patrón, para subir en la vida; su vaca expiatoria.
1980/2010 © Z.A. Feitosa, todos os direitos reservados
terça-feira, 1 de setembro de 2009
Padre y Madre

(in Mulher Macho, sim, senhor!, Ed. Cortez,
São Paulo, 1980 - Traduzido para o Castelhano
por R.C. Valenzuela)
La madre era una mujer fuerte que presentaba cualidades viriles de coraje, valor, capacidad de comando y decisión. El sustento de la casa, que generalmente cabía a los machos en la especie humana, fue transferido para las manos de ella, que superando sus limitaciones de analfabeta se desdoblaba como costurera y cocinera para desempeñar el papel de macho de la casa que le cabía en esa extraña niñada que ella se encargaba de alimentar.
El padre, experimentado en su tercero casamiento, escondía la edad atrás del rostro sin surcos. El primer casamiento de él, no pasó de un amasiato que fracasó en sus primeros días (su amasia huyó con otro, llevando en el vientre, el hijo recién concebido). El segundo, puesto en ejecución para curar la frustración dejada por el primero, no tenía sustentación para durar, ni la desposada, salud para soportar el desenfreno sexual del marido, pero se anticipó sensiblemente a su fin, por la muerte repentina de la dedicada esposa. El gusto por las andanzas, adquirido en los tiempos de vendedor ambulante, y por las cartas, contraído en los tiempos de centinela en el 5º Batallón de Caballería, se volvieron muy acentuados después que causo baja en el ejército para establecerse como comerciante. Nada le era tan familiar cuanto los pedazos de cartón de las barajas, de los hijos sabía poco, pero de las cartas sabía lo suficiente para despilfarrar todo el dinero que llegaba a su bolso. Especializado en brisca, tenía sobre este especie de juego de naipes, todos los conocimientos necesarios que pueden ser adquiridos por una práctica continua a lo largo de los años. Podía hacer de las diez cartas, con la mala suerte de su lado, el medio más fácil de echar fuera lo poco que ganaba como barbero, profesión que aprendiera en los tiempo verde-olivo cuando fue ascendido a cabo por el comandante de quien fuera fiel ordenanza por años seguidos, desde su alistamiento.
Todas las mañanas, ella atizaba el fuego donde brasas dormidas descansaban bajo las cenizas:
- Su padre no sirve para nada! (Gritaba casi sin aliento y con el rostro abrasado por el calor del horno.)
- Ni leña que sirva, él compra. Es solo viruta! (Insistía, en cuanto el humo incensiaba las paredes ya enegrecidas.)
Entre los adultos, me daba cuenta, el respeto a la individualidad del prójimo es muy frágil y cuando el prójimo es una mujer o un marido, el respeto no resiste a los desgastes de una ligación legitimada por un acta de casamiento condimentada por la escasez de dinero y la rutina.
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